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ORIGEN E HISTORIA DE CHÍA

Chía, que en lengua chibcha quiere decir luna, mes "Como contaran el tiempo por las fases de la luna, al mes, período lunar, lo llamaban también chía. El año solar constaba de trece lunaciones, según se deduce de los trece rayos con que los Chibchas adornaban al sol en sus pinturas".

"Chía es la palabra que representa todo lo hermoso, lo brillante, lo honorífico, porque la luz de este astro era entre ellos el símbolo de la belleza y de la virtud"

Era también símbolo de los placeres mundanos y se la representaba bajo la forma de mujer. La diosa Chía fue una de las principales divinidades de los Muiscas. Se le rendía el mayor culto en este pueblo, al que los cronistas han llamado la "ciudad de la luna" en razón a que la simbolizaba y estaba consagrado a dicha deidad. Allí se confunde la figura mítica de la raza aborigen con la leyenda, envoltura de la teogonía de Chibchacum que sólo los hierofantes de la Cuca conocieron en el apacible remanso de su templo a orillas del Funza, que caprichosamente y en silencio recorre la campiña.

La Cuca era un templo y a la vez especie de seminario en el que se formaban los sacerdotes, se tributaba culto a la diosa y durante siete años se educaba al futuro Zipa, a quien los jeques instruían en los secretos de la religión y de las plantas, en el estudio de las leyes y demás cosas atinentes al gobierno de su pueblo.

Al séptimo año el príncipe era sacado y llevado a la fuente sagrada de Tíquiza, sobre la serranía en los límites con Tabio, donde se le ungía solemnemente y le imponían las insignias reales: "los jeques le horadaban la nariz y las orejas, le colgaban de ellas joyas riquísimas y quedaba consagrado como nuevo cacique de Chía, y mientras llegaba la hora de ascender al trono de sus mayores oficiaba en el templo de Chía. Al término de quince días de fiesta elegía su primera esposa, y acompañado de gran séquito marchaba a Bacatá a posesionarse del trono.
Chía fue la cuna del reino chibcha de Cundinamarca, pues su cacique era el sucesor del Zipa, siendo sobrino de éste como hijo de hermana, según la leyenda recogida por Fray Pedro Simón, conforme al cuerdo remotamente celebrado en Busongote entre el cacique de Chía y su hermano que fuera sucesor del Zipa, y la madre de éstos y la hermana de aquéllos que iba a tener un hijo, quien al llegar a la mayor edad sería primero cacique de Chía y luego Zipa de Bacatá.

La familia zipal era de apellido Cana, la cual formaba la tribu de este nombre; tan venerada era que en muchos pueblos la parcialidad principal se llamaba Cana.


El Pueblo Aborigen.

En los recodos del río Funza o Riofrío y el cerro de Tíquiza existió el pueblo aborigen de Chía, tierra la más fértil, sembrada de labranzas, lo que determinó una población dispersa. Se dice que el caserío principal estaba en las veredas de Pueblo y Balsa y Fonquetá.

El Sábado 24 de marzo de 1537 llegó Gonzalo Jiménez de Quesada con su expedición y aquí celebraron la semana santa, que comenzaba al siguiente día, cosechando en vez de ramos de palma oro y esmeraldas, y parlamentando con los caciques, principalmente con el de Suba y Tuna, el primer bautizado de Bacatá, que murió al tercer día, siendo enterrado con honores reales por orden del Adelantado.

Allí estuvieron hasta el jueves 5 de abril, en que salieron para Suba, y luego de vencer la última resistencia de los indios en los pantanos de Juan Amarillo llegaron a Bacatá o Funza el viernes 20, fecha en que cayó el reino del Zipa. No encontraron muchos tesoros porque al saber de su llegada los indios fueron a esconderlos en los cerros del oriente, en sitio cercano a la piedra de los sacrificios, altar donde ofrendaban sus víctimas a Súa, el sol. Fue así como se dispuso de cien indios ( esclavos e indios comunes) para que de diez en diez llenaran sus mochilas con una carga de oro que alcanzaran a levantar y la llevaran hasta donde se encontraban los dos capitanes. Una vez los indios lograron su cometido debían regresar al cercado del pueblo, donde el cacique les daba muerte; terminada la misión de los dos capitanes regresaron al pueblo, el cacique ordeno matarlos para así mantener en secreto el sitio donde habían ocultado el oro. Allí quedo toda esa inmensidad de oro sin haberse podido hallar hasta hoy.

Confirma la tradición del entierro de los tesoros del cacique de Chía en los cerros orientales del Puente del Común, el hecho de que en las estribaciones de los cerros que dividen a Chía de Sopó, en la hacienda El Rincón, los Señores Julio Caicedo Collins, Carlos Umaña, Bernardo Caicedo, un guaquero y el indígena Peregrino Guaqueta en 1923 hallaron un anfiteatro, bordeado íntegramente de piedras lisas en las que aparecen jeroglíficos indígenas de mucho interés y la llamada "Piedra de los Sacrificios". Lo que los indujo a la búsqueda fue el hecho de haberse encontrado antes una culebra de oro de quince centímetros de largo.

Hicieron profundas excavaciones hasta encontrar una laguna subterránea, sitio al que llegaron interpretando los jeroglíficos encontrados en el anfiteatro.

Igualmente en la hacienda Fusca de propiedad de la Familia Tamayo Londoño, el historiador y arqueólogo R.P.Zamora encontró una piedra con un grabado al parecer correspondiente al plano del lugar, admirablemente trazado con caracteres indelebles que indicaban que en dicho cerro existía una galería subterránea, se pudo constatar que en los sitios señalados se hallaban entradas a cuevas, uno de los obreros cavando encontró un hueso de animal gigante, que enviado a estudio al Museo Antropológico de Londres resultó ser de un hombre Milenario. En las haciendas El Rincón y Fusca han quedado suspendidas las búsquedas para dar así paso al misterio y el olvido.

A mediados del siglo XVI, una vez juzgados los chibchas se impuso en el pueblo de Chía el régimen de la encomienda y del cura doctrinario, perdiendo así posesión de la tierra, de sus creencias, costumbres e idioma, para abrazar las que impusieran sus nuevos amos.

Fue así como los gobernantes de la colonia ordenaron que se les señalara un resguardo competente y tierras para que labren, cultiven y hagan sus comunidades hacia los cerros de Fonquetá, esta tierra ha pasado hasta nuestros días entre generaciones descendientes de los nobles chibchas destronados por los conquistadores en 1937. A los Chibchas se les señalo unas cuantas hectáreas por los gobernadores de la colonia, en el cerro de Fonquetá en el límite entre Cota y Tenjo, este sitio hoy se conoce con el nombre de Resguardo Indígena, donde viven cerca de 2000 personas.



Hechos notables.

La parroquia se erigió en 1720 bajo el patronato de Santa Lucía, cuyo primer titular fue fray Sebastián Lanchero.

En 1876 se construyó el Puente del Cacique, sobre el Río Frío, en el camino a Cota.

Un padre dominico de apellido Zamora descubrió en el cerro de Fusca una piedra con un grabado al parecer correspondiente al plano del lugar, siguiendo el cual se hicieron excavaciones y se encontró un hueso de animal gigante, que mandado a estudio del Museo Antropológico de Londres resultó ser de un hombre milenario.

El 6 de enero de 1937 se bendijo la primera piedra de la Capilla de la Valvanera, erigida a iniciativa del párroco Luis Alejandro Jiménez, en una eminencia de las estribaciones del Cerro de la Cruz, al occidente, sitio de peregrinación al que se llega por una rampa natural tallada sobre la misma roca, siguiendo el lomo del cerro, desde donde se divisan los valles de Chía, Tenjo, tabio y Zipaquirá.

El 1o. de Enero de 1939 se inició el actual Palacio Municipal, contratado con el ingeniero Roberto Pachón.
El 7 de julio de 1941 el Presidente Eduardo Santos y el Gobernador Antonio María Pradilla inauguraron la pavimentación del sector Puente del Común-Chía, primera carretera que se asfaltó en Cundinamarca. Hoy se llama "Avenida Antonio María Pradilla".

Chía es uno de los pueblos que conserva la tradición de los tejidos chibchas, empleando telares antiguos y modernos. El uso aborigen es común entre sus campesinos y complemento habitual de sus quehaceres, cuando van por los caminos veredales o descansan bajo el alero de sus casas o el ramaje de los cauces de los vallados mientras pasan las últimas horas de la tarde. Los principales talleres se encuentran en las veredas de la Balsa y Fonquetá. Estímulo a la industria ha dado la Escuela Artesanal de Fonquetá, fundada en abril de 1965 por doña Cecilia Iregui de Holguín, su benefactora.

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